Durante un tiempo recorrí senderos evitando cualquier tipo de contacto exterior. Los atisbos de recuerdos que comenzaban a asomar a mi memoria eran demasiado dolorosos como para permitirme un viaje tranquilo y sosegado. Cada vez que veía un ligero movimiento, mi espíritu se sobresaltaba como si esperara un ataque por sorpresa.
Sin embargo, era consciente de que no es bueno vivir con miedo. El miedo nos paraliza y nos impide disfrutar de las cosas buenas de la vida...nos vuelve desconfiados. Sentía que el pasado me bloqueaba, y que vivía pendiente de un futuro impreciso que no sabía si llegaría alguna vez, desperdiciando las experiencias del presente. Sin vivir, en realidad. Debía sacudirme de encima todos los temores y abrirme a lo que pudiera suceder. Unos lugares serían más amables, y otros menos, unos días más soleados, y otros lluviosos, pero sólo estando abierta a todas las posibilidades, iba a ser capaz de seguir adelante.
Y entonces, comencé realmente a disfrutar de mi viaje...
Todos los días se descubren paisajes maravillosos
Con criaturas amables
Y los seres humanos, no han de ser menos. Por eso, al ver a lo lejos una pequeña posada, me dirigí hacia ella. Era un lugar acogedor, como la Naturaleza que lo rodeaba, y decidí entrar para descansar del camino. Me senté en una mesita cercana a un ventanal desde el cual podía admirar la belleza de lo que me rodeaba. No llevaba mucho tiempo allí cuando se abrió la puerta, y entró otro viajero.
Era alto, guapo y de aspecto poderoso. Pensé que no me había visto, pero se dirigió hacia mi y me preguntó si me gustaría un rato de compañía. Acepté sin pensarlo demasiado pues me inspiró confianza desde el primer momento.
Me contó que conocía el lugar desde hacía largos años, pues hubo un tiempo en que vivía cerca, en las montañas, pero que casi nunca se había encontrado con otro viajero. Yo le dije que en realidad, llevaba semanas sin ver a nadie, y me alegraba tener un rato de conversación. Decidimos seguir con nuestra charla en la terraza de la posada, donde al parecer servían una espléndida cena.
Después de cenar, yo le conté cómo había comenzado mi viaje, los lugares por los que había pasado, y los que creía que eran mis únicos recuerdos del pasado. Su semblante se puso serio al oirme relatar estos hechos, como si realmente estuviera sintiendo el mismo dolor que yo sentí. Se nos echo encima la noche, y tras decidir tomar unas habitaciones en la posada, sugirió que continuásemos con nuestra conversación al día siguiente. Le aseguré que allí me encontraría.
Al retirarme a mi dormitorio, mi corazón estaba feliz, por fin había encontrado a alguien con quien compartir mis pensamientos, y que quizás me ayudaría a llegar a mi destino.
Cap Estel








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